- ¿Qué vas a pedir? -la pregunta, de lo más trivial, atravesó la cortina que protegía sus pensamientos y la devolvió al mundo terrenal.
Tras pedir paella de primero, tomó la mano de César con su mano izquierda y se dispuso a empezar otra de esas conversaciones de las que él ya estaría un poco harto pero que alimentaba a regañadientes; ella disfrutaba recordando... nada engaña mejor que los recuerdos.
- César, ¿recuerdas aquel 14 de junio? Cumplías 36 años, y yo ya había cumplido 16 un mes antes. Recuerdo tu sorpresa y...
- Mi cara de alegría, sí. Casi lloro... pero no habría sido bueno que me hubieses visto llorar. Tenía los ojos brillantes, aquello hablaba por sí solo.
- ¿Y por qué no habría sido bueno?
- Porque me habrías abrazado, y ya sabes que no era el momento...
- Nunca era el momento para nada de todo lo que quería hacer contigo. Pronto se cumplirá un año desde aquel 20 de mayo, cuando conociste a mis padres y tú y yo hablamos, ajenos a las miradas de la gente que nos rodeaba, ajenos a casi todo lo que no fueran los ojos y la boca del otro.
- ¿Sabes? Nunca supe con certeza lo que sentías. Pero ese jueves estabas tan preciosa, y viniste a hablar conmigo, y... no sé, te había visto mucho antes, pero vacilaba si ir a verte, a ti y a tus amigas.
- Yo también te había encontrado con la mirada, mucho antes que tú, seguramente... -alzó la vista y le miró con picardía-, y desde entonces no paraba de mirarte nerviosamente, preguntándome por qué demonios no venías, si incluso en un día así tendría que acercarme yo.
- Al final me acerqué yo, por una vez... y tú, no sé cómo, te deshiciste de tus amigas enseguida. Tienes un don para hacer que nuestros encuentros parezcan casuales.
- Yo creaba las casualidades. Sin embargo, ¿lo de hoy parece casualidad? Míranos, yo jamás imaginé estar aquí contigo. Pero no es el aquí lo relevante, lo que me parecía imposible era el... "contigo".
- Va, no me cambies de tema... dime qué hiciste para que tus amigas se fueran.
- Te prometo que no les dije nada. Quizá nuestros cuerpos hablaran por sí solos, o nuestras miradas... nos dejaron solos y no pude ser más feliz.
- Dime que habías estado imaginando ese momento muchas veces en tu cabeza...
- Y que la realidad superó a los sueños.
- ¿De veras? No sé qué tuvo de extraordinario, salvo la ocasión, la situación...
- Entre otras cosas. Pero, principalmente, fue ese ambiente de duda y de certeza a la vez.
- No te entiendo.
- Me refiero a la duda de no saber qué decir por miedo a decir demasiado a pesar de que tú ya supieras todo, mirarse y saber que mis ojos escondían ese secreto tan cierto para ti y para mí. La certeza de que uno de los dos sentía algo muy intenso, aunque me hayas dicho que nunca estuviste seguro de mis sentimientos. Yo nunca estuve tan segura de nada, y durante tanto tiempo.