sábado, 23 de abril de 2011

Una tarde cualquiera, en un día cualquiera. En el día de cualquier año; en el año de cualquier siglo. En Toledo. Sentados a la mesa, al aire libre, de un restaurante. Mesa para dos, con un pequeño hueco para la felicidad compartida. Ella intentaba, por todos los medios, enajenarse, salir de su propio cuerpo y observarse "desde fuera". Ciertamente, aunque finalmente no consiguiera verse así, sabía a quién vería. A una chica que había conseguido su sueño, tras verlo lejos, perdido e incluso como imposible. Ahora, su sueño era de carne y hueso y se sentaba frente a ella, ajeno a la encrucijada de su chica en su cabeza. Ella, a cada minuto, se debatía entre profesarle amor eterno o callar. Siempre optaba por callar. Bien por prudencia, por vergüenza, por miedo a que el sueño se esfumara o bien por guardar cierta distancia.
- ¿Qué vas a pedir? -la pregunta, de lo más trivial, atravesó la cortina que protegía sus pensamientos y la devolvió al mundo terrenal.
Tras pedir paella de primero, tomó la mano de César con su mano izquierda y se dispuso a empezar otra de esas conversaciones de las que él ya estaría un poco harto pero que alimentaba a regañadientes; ella disfrutaba recordando... nada engaña mejor que los recuerdos.
- César, ¿recuerdas aquel 14 de junio? Cumplías 36 años, y yo ya había cumplido 16 un mes antes. Recuerdo tu sorpresa y...
- Mi cara de alegría, sí. Casi lloro... pero no habría sido bueno que me hubieses visto llorar. Tenía los ojos brillantes, aquello hablaba por sí solo.
- ¿Y por qué no habría sido bueno?
- Porque me habrías abrazado, y ya sabes que no era el momento...
- Nunca era el momento para nada de todo lo que quería hacer contigo. Pronto se cumplirá un año desde aquel 20 de mayo, cuando conociste a mis padres y tú y yo hablamos, ajenos a las miradas de la gente que nos rodeaba, ajenos a casi todo lo que no fueran los ojos y la boca del otro.
- ¿Sabes? Nunca supe con certeza lo que sentías. Pero ese jueves estabas tan preciosa, y viniste a hablar conmigo, y... no sé, te había visto mucho antes, pero vacilaba si ir a verte, a ti y a tus amigas.
- Yo también te había encontrado con la mirada, mucho antes que tú, seguramente... -alzó la vista y le miró con picardía-, y desde entonces no paraba de mirarte nerviosamente, preguntándome por qué demonios no venías, si incluso en un día así tendría que acercarme yo.
- Al final me acerqué yo, por una vez... y tú, no sé cómo, te deshiciste de tus amigas enseguida. Tienes un don para hacer que nuestros encuentros parezcan casuales.
- Yo creaba las casualidades. Sin embargo, ¿lo de hoy parece casualidad? Míranos, yo jamás imaginé estar aquí contigo. Pero no es el aquí lo relevante, lo que me parecía imposible era el... "contigo".
- Va, no me cambies de tema... dime qué hiciste para que tus amigas se fueran.
- Te prometo que no les dije nada. Quizá nuestros cuerpos hablaran por sí solos, o nuestras miradas... nos dejaron solos y no pude ser más feliz.
- Dime que habías estado imaginando ese momento muchas veces en tu cabeza...
- Y que la realidad superó a los sueños.
- ¿De veras? No sé qué tuvo de extraordinario, salvo la ocasión, la situación...
- Entre otras cosas. Pero, principalmente, fue ese ambiente de duda y de certeza a la vez.
- No te entiendo.
- Me refiero a la duda de no saber qué decir por miedo a decir demasiado a pesar de que tú ya supieras todo, mirarse y saber que mis ojos escondían ese secreto tan cierto para ti y para mí. La certeza de que uno de los dos sentía algo muy intenso, aunque me hayas dicho que nunca estuviste seguro de mis sentimientos. Yo nunca estuve tan segura de nada, y durante tanto tiempo.

lunes, 18 de abril de 2011

Por esto sabrás que eres mi debilidad... por todas las idioteces (verdades que una no se atreve a decir a la cara) que te voy a escribir a continuación. Maldita sea yo, ¿para esto han servido tantos días manteniendo el orgullo y sin hablar contigo ni dar señales de vida? ¡¿Para esto?! Para acabar arrastrándome, como siempre hago, y decirte que te he echado tanto de menos estos días... y que el orgullo no sirve para nada. Que me llena más el pensar que tú estás en mi vida (y eso es una gran suerte) que el hacerme la dura, cuando en realidad no lo soy, para nada. Ya cuento... espera, 1, 2, 3... 5 debilidades. 5 personas con las que no sería capaz de enfadarme realmente, y tú eres una de ellas, como ya te dije aquella noche. Te he echado de menos y he sido una estúpida, porque te habrás vuelto a crear un muro de defensa contra mí, porque he tirado por la borda, y de una sola vez, todo el trabajo conseguido hasta ahora, que no era poco... habíamos dejado atrás esos días de bipolaridades, sobre todo por mi parte, ya no me enfadaba contigo sin que tú lo supieras por cosas que menos aún sabías o te imaginabas, ya no te quería sola para mí, ya no me pasaba las tardes preguntándome si al día siguiente me sentaría a tu lado o no, si podría hablar contigo o no, porque, aunque el día anterior me hubiera sentado a tu lado, nunca era suficiente... y siempre quería más. Ahora puedes elegir creerme o no, esa puerta siempre está abierta y, por desgracia, de tanto jugar contigo, acabarás por no creer nada de lo que diga, cuando te estoy siendo sincera a más no poder y expresándote sentimientos que, con otra persona, ni loca pondría en palabras. Ya sé que para ti soy una kamikaze, una descerebrada, tarada, ilusa, ingenua, entregada (demasiado), demasiado dependiente de ciertas cosas, obsesa..., que lo quiero controlar todo en las relaciones y anticiparme a lo que pueda o vaya a suceder, pensar en futuro descuidando ligeramente el presente. Y tú... tú eres todo lo contrario. Más prudente, aunque de igual manera no eres inmune al dolor, más reservada, más 'cerrada'. Y yo, según con quién, abierta, demasiado. Contigo, por ejemplo. Han pasado poco más de 6 meses y ya sabes de mí más que personas que llevan conmigo toda la vida. ¡Es de locos! Totalmente incoherente e ilógico o, al menos, para ti lo sería, ¿no? Para mí no lo es. ¿Y sabes por qué? Porque ese tiempo, esos "poco más de 6 meses" o esos "toda la vida" son relativos, y lo que (me) importa no es eso, joder, sino si esa persona me ha calado o no... si me resulta tan sumamente importante que no querría tener secretos para ella y me gustaría ser lo más noble posible con ella. ¿Recuerdas cuando hablamos de que a muchas de las personas que tenemos alrededor no nos interesa conocerlas? Pues a mí sí me interesa conocerte, y no sólo eso, sino que me conozcas tú al mismo tiempo. Me apetece ser yo contigo, y ¡a ver qué pasa!

sábado, 16 de abril de 2011

Un 14 de junio ya nunca más significará lo mismo para mí...

- ¡Anda! ¿Pero qué haces tú aquí? Yo que pensé que vendrías a vernos a menudo y, al final, ya hace más de medio año desde que te vi por última vez...
- He venido a darme un homenaje. Quería regalarme a mí misma este momento, estar contigo.
- ¿Y a qué se debe tal homenaje?
- A que hoy es mi cumpleaños, 19, el primero que celebro sin estar aquí, tras muchos años. Supuse que no lo recordarías.
- Bueno, ya sabes... siempre tenías que recordármelo. Incluso, una vez, recuerdo que te eché la bronca en un día así.
- Sí, yo también lo recuerdo... tengo bastante buena memoria para lo que quiero, y no lo digo por querer vengarme de ti después de aquello, sino porque cuesta olvidar todo lo que he vivido junto a ti.
- Imagino que viviste muy buenos momentos aquí.
- Y otros no tan buenos... ¿recuerdas esa conversación tan privada entre nosotros? Estaba tan asustada...
- Claro que la recuerdo. Admito que no tuve demasiado tacto, y a partir de ahí, todo empezó a marchar distinto.
- Porque yo lo permití. Pero, en el fondo, si algo no podía permitir, era dejar de sentir algo por ti. Y, aunque no lo creas, hoy no había venido con la intención de hablar de esto, porque sé que te hace sentir incómodo. Pero siempre, de alguna manera, acabas haciéndome hablar de ello.
- Vamos, Ruth, sabes que nunca quise hacerte daño pero, a veces, no podía evitarlo...
- Con lo fácil que habría sido evitarme hasta obligarme a odiarte...
- Tampoco quería eso. Yo... yo no era capaz de hacer algo premeditadamente, hacía todo como lo sentía, cada cosa, en su momento. Intentaba tener presente lo que nos unía y para qué estábamos aquí, desde luego, no para hacernos daño. No quería desconectarme de ti... supongo que porque a nadie le amarga tener a alguien detrás de él.
- Ya, claro. Eso fue lo que hice, es cierto. Y ya no hay una primera vez para intentar que me conozcas de otra manera. Ya sabes que me entrego, que me ilusiono fácilmente, y que, para mí, amar es como vivir soñando. Al menos, amándote a ti, así es.
- No me obligues a contestar con el corazón; si lo hago con la cabeza, te dolerá menos.
- Mira, César... has sido una persona muy importante en mi vida. Todavía hoy, al levantarme, he pensado en ti y se me ha encogido el corazón y ensanchado la sonrisa. Pero vengo para decirte que me marcho. Que es mejor que lo dejemos estar, tal cual, que bastante se nos ha ido de las manos ya... bueno, está bien, hablo por mí. Se me ha descontrolado por completo y en mi nueva vida, ésa que no puede incluirte a ti, porque, si no, volveré al punto de partida, no hay espacio para sentimientos tan intensos. No hay espacio para un amor no correspondido, un amor que nadie quiso ni deseó.
- ¿Ni siquiera tú misma lo deseaste?
- No de tal magnitud. Había días que dolía mucho, y tú no hacías más que pasearte con indiferencia delante de mis ojos.
- Yo no sabía nada, cuando empecé a sospecharlo, automáticamente me alejé.
- Sin saber que sería peor el remedio que la enfermedad.
- ¿Qué quieres decir?
- Oh, por favor, ¡no seas ingenuo, César! Yo me adentraba cada vez más en ese abismo, y me era más difícil salir. Era como si tú tiraras de mí. Tú te alejabas y yo me acercaba más a ti.
- Lo siento, ya sabes que no pret...
- Ya basta de disculpas, el daño está hecho y, por desgracia, no sirvió para querer olvidarte. Hoy es mi cumpleaños y me regalo el privilegio de poder decir que me 'independizo' de ti, que se acabó.




viernes, 15 de abril de 2011

Hoy, y a partir de ese momento, es como si ya no pudiera pensar en nada más, y una única idea nublara mi vista. Aunque, por una vez, la nubla en el buen sentido... si es que esa palabra puede tener su buen sentido. Una vez me propusieron la siguiente frase para completar: "El amor es como...". En un primer momento, no supe qué decir, y no precisamente porque nunca haya estado enamorada hasta las trancas, que lo he estado (y lo estoy... aunque no se sienta de la misma manera), sino porque el amor no se puede comparar con alguna situación u otro sentimiento. Después de darle muchas vueltas, concluí que, para mí, el amor es como vivir en un sueño. Lo digo totalmente en serio, no porque suene bonito o porque parezca más un tópico que una idea sacada de mi malograda cabeza. Y, como decía, el amor es eso... volar, sentir que no estamos muertos, que siempre hay un motivo detrás de toda acción, y que el amor quizá sea el más fuerte de todos, el que nos lleve a hacer cosas que tan sólo haríamos en sueños, por miedo a que, si lo hiciéramos en la realidad, fuéramos tratados como unos locos. Por eso, o por vergüenza. Es curioso; yo he pasado mucho tiempo reprimiendo deseos fuertes como el de acariciar unos míseros segundos de tiempo al lado de alguien para quien prácticamente no existía, o dejarme llevar por esa naturaleza mía que a veces me hace ser tan... huidiza, que me lleva a deleitarme más de lo normal en la soledad. Porque a mí no me asusta la soledad, no me asusta encontrarme conmigo misma, ni con mis pensamientos. Sería una necia si pretendiera escapar de ellos, van pegados a mí y no hay minuto de esta mezquina existencia en la que no me atormenten en referencia a cuestiones más o menos banales. Banales o no, esa medida la pongo yo y, para mí, nada es banal. Hoy, algo en mí se ha accionado. Me he lanzado a la piscina, y no es eso lo novedoso, pues lanzarme ya lo he hecho muchas veces, y dar con el suelo al contacto con la realidad, también; lo novedoso, quizá sorprendente, después de tantos años censurando una parte de mí, que para mí era importante, es que me haya lanzado a lo bestia. Una acción visible que tendrá sus consecuencias (positivas, en un principio, y algo más que eso...), que no quedará en mero pensamiento etéreo o palabras que el tiempo arranca y arrastra hasta hacerlas desaparecer. Hoy he apostado por vivir, pero de esa manera que siempre había soñado, que no es otra que vivir soñando. Haciendo todo eso que sólo un loco haría -quizá los locos seamos nosotros-. He observado, incluso en mí misma, para no variar (yo y mi afán por aparentar ser igual que los demás, cuando nunca lo fui en el fondo), que la expresión de los sentimientos es más que un ejercicio de sinceridad y "desnudez". Sí, soy muy dada a lanzarme a la piscina, pero antes sopeso las consecuencias, a no ser que la otra persona me absorba por completo con su personalidad, con sus maneras y con sus palabras, que encandilan. No sé si es que yo soy débil y por eso tengo tantas debilidades, o realmente estoy teniendo una suerte que probablemente nunca merecí y no deje de acumular tesoros en forma de personas. La gente no entiende de felicidad como un pequeño momento de alegría, no, nuestra mente está mediatizada hasta tal punto que la felicidad ha de ser algo extraordinario, un gran acontecimiento que cambie por completo el curso de nuestra vida, algo magnífico, grande, que cualquiera pueda reconocer sin problema como felicidad. Ése es el problema. La mayoría de las personas no son capaces de vivir intensamente esos pequeños momentos, condicionados por pequeños detalles que, casi siempre, pasan desapercibidos y sólo están reservados a los ojos (del alma) más ávidos.
Puede que mi cabeza se haya echado a perder hace mucho tiempo, y que mis propias paranoias acaban consumiéndome, no lo descarto en un futuro no tan lejano, pero, ¿qué puedo hacer? Si me he acostumbrado a vivir así... echaría de menos todos esos pensamientos atacándome como puntas de lanza día y noche. Vivir atormentada, hasta donde mi experiencia me ha enseñado, es bueno. Es tener la suerte de estar en este mundo y preguntarse por qué, cuando podrías no existir, cuando ese 'yo' que eres tú podría no ser un ente capaz de pensar en sí mismo, un ente que toma conciencia de sí mismo... creo que ésa también es una gran suerte, aunque, a la postre, también una desgracia. La idea de que ese mismo 'yo' con el que ahora me identifico pueda dejar de existir algún día, sin poder remediarlo... me aterroriza. ¿Y todo lo que he vivido? ¿Y mi experiencia acumulada? ¿Y mis sentimientos de por vida? ¿Y mis nuevos pensamientos, cosas que nunca antes nadie había pensado...? ¿Todo... acabará?

La continua angustia de vivir y no saber por qué es la mejor manera de mantener a ralla estos temores que, de todas formas, algún día se plantarán ante mí, y entonces, sólo quedará enfrentarlos. Hasta entonces... la angustia será mi fiel compañera.