Hoy, y a partir de ese momento, es como si ya no pudiera pensar en nada más, y una única idea nublara mi vista. Aunque, por una vez, la nubla en el buen sentido... si es que esa palabra puede tener su buen sentido. Una vez me propusieron la siguiente frase para completar:
"El amor es como...". En un primer momento, no supe qué decir, y no precisamente porque nunca haya estado enamorada hasta las trancas, que lo he estado (y lo estoy... aunque no se sienta de la misma manera), sino porque el amor no se puede comparar con alguna situación u otro sentimiento. Después de darle muchas vueltas, concluí que, para mí,
el amor es como vivir en un sueño. Lo digo totalmente en serio, no porque suene bonito o porque parezca más un tópico que una idea sacada de mi
malograda cabeza. Y, como decía, el amor es eso... volar, sentir que no estamos muertos, que siempre hay un motivo detrás de toda acción, y que el amor quizá sea el más fuerte de todos, el que nos lleve a hacer cosas que tan sólo haríamos en sueños, por miedo a que, si lo hiciéramos en la realidad, fuéramos tratados como unos locos. Por eso, o por vergüenza. Es curioso; yo he pasado mucho tiempo reprimiendo deseos fuertes como el de acariciar unos míseros segundos de tiempo al lado de alguien para quien prácticamente no existía, o dejarme llevar por esa
naturaleza mía que a veces me hace ser tan... huidiza, que me lleva a deleitarme más de lo normal en la soledad. Porque a mí no me asusta la soledad, no me asusta encontrarme conmigo misma, ni con mis pensamientos. Sería una necia si pretendiera escapar de ellos, van pegados a mí y no hay minuto de esta mezquina existencia en la que no me atormenten en referencia a cuestiones más o menos banales. Banales o no, esa medida la pongo yo y, para mí, nada es banal. Hoy, algo en mí se ha accionado. Me he lanzado a la piscina, y no es eso lo novedoso, pues lanzarme ya lo he hecho muchas veces, y dar con el suelo al contacto con la realidad, también; lo novedoso, quizá sorprendente, después de tantos años censurando una parte de mí, que para mí era importante, es que me haya lanzado a lo bestia. Una acción visible que tendrá sus consecuencias (positivas, en un principio, y algo más que eso...), que no quedará en mero pensamiento etéreo o palabras que el tiempo arranca y arrastra hasta hacerlas desaparecer. Hoy he apostado por vivir, pero de esa manera que siempre había
soñado, que no es otra que vivir soñando. Haciendo todo eso que sólo un loco haría -quizá los locos seamos nosotros-. He observado, incluso en mí misma, para no variar (yo y mi afán por aparentar ser igual que los demás, cuando nunca lo fui en el fondo), que la expresión de los sentimientos es más que un ejercicio de sinceridad y "desnudez". Sí, soy muy dada a lanzarme a la piscina, pero antes sopeso las consecuencias, a no ser que la otra persona me absorba por completo con su personalidad, con sus maneras y con sus palabras, que encandilan. No sé si es que yo soy débil y por eso tengo tantas debilidades, o realmente estoy teniendo una suerte que probablemente nunca merecí y no deje de acumular tesoros en forma de personas. La gente no entiende de felicidad como un pequeño momento de alegría, no, nuestra mente está mediatizada hasta tal punto que la felicidad ha de ser algo extraordinario, un gran acontecimiento que cambie por completo el curso de nuestra vida, algo magnífico, grande, que cualquiera pueda reconocer sin problema como felicidad. Ése es el problema. La mayoría de las personas no son capaces de vivir intensamente esos pequeños momentos, condicionados por pequeños detalles que, casi siempre, pasan desapercibidos y sólo están reservados a los
ojos (del alma)
más ávidos.
Puede que mi cabeza se haya echado a perder hace mucho tiempo, y que mis propias paranoias acaban consumiéndome, no lo descarto en un futuro no tan lejano, pero, ¿qué puedo hacer? Si me he acostumbrado a vivir así... echaría de menos todos esos pensamientos atacándome como puntas de lanza día y noche. Vivir atormentada, hasta donde mi experiencia me ha enseñado, es bueno. Es tener la suerte de estar en este mundo y preguntarse por qué, cuando podrías no existir, cuando ese 'yo' que eres tú podría no ser un ente capaz de pensar en sí mismo, un ente que toma conciencia de sí mismo... creo que ésa también es una gran suerte, aunque, a la postre, también una desgracia. La idea de que ese mismo 'yo' con el que ahora me identifico pueda dejar de existir algún día, sin poder remediarlo... me aterroriza. ¿Y todo lo que he vivido? ¿Y mi experiencia acumulada? ¿Y mis sentimientos de por vida? ¿Y mis nuevos pensamientos, cosas que nunca antes nadie había pensado...? ¿Todo... acabará?
La continua angustia de vivir y no saber por qué es la mejor manera de mantener a ralla estos temores que, de todas formas, algún día se plantarán ante mí, y entonces, sólo quedará enfrentarlos. Hasta entonces... la angustia será mi fiel compañera.
No hay comentarios:
Publicar un comentario