Mientras discurría ese torrente de pensamientos por su cabeza, sus ojos observaban con ansiedad lo que sucedía a su alrededor. La playa, a su derecha, siempre ahí, pero que pronto perdería de vista. Al igual que a él. Un momento, ¿y quién era él? Él era Álex, el camarero de la heladería Sirvent, que ella había visitado tan sólo dos veces, suficientes para quedarse prendada de aquellos ojos verdes, temerosos de mirarla tan sólo, por miedo a que sus miradas se encontraran.
Aquel caluroso mediodía volvían a encontrarse, esta vez en un ambiente bien distinto al nocturno.
Álex era un joven, menudo y apuesto hombre del que ella no sabía mucho más que cualquier otro cliente casual que andara por alguna de aquellas mesas. Sin embargo, ella se había enamorado de unos ojos, de un rostro, de un cuerpo. De un carácter sereno y un tanto tímido, lo cual le atraía aún más hacia ella. Ella deseaba compensar ese desequilibrio con algo de atrevimiento, con alguna palabra fuera de tono entre dos desconocidos, con alguna proposición alocada. Pero no se sentía con fuerzas, al no saber qué podría encontrarse al otro lado.
Por eso, por las oportunidades pasadas y perdidas, se lamentaba ahora para sus adentros, observándole desde el paseo marítimo, frenando su marcha suave e imperceptiblemente, permitiendo que sus miradas se encontraran. La mirada de Álex, desde la penumbra del local, al otro lado de la estrecha carretera que les separaba, denotaba vacío, tedio, quizá infundado por la rutina del trabajo. Ella no sabía bien a qué se debía, y la suya enseguida se tiñó de tristeza, y así se lo hizo saber. Él seguía mirando al vacío, tenía la mirada tan perdida que por momentos parecía que ni siquiera la estaba mirando a ella, sino a esa isla que se recortaba en el horizonte, situada a unos pocos kilómetros de la orilla del mar.
Ella le miró con la tristeza del que se marcha, se marcha con la sensación de dejar algo atrás sin saber muy bien qué y preguntándose por qué demonios ya comienza a echarse en falta. Él la miraba con la indiferencia, con la ignorancia del que nada sabe, nada espera. No sabía que, aquella noche, ella no estaría allí para ser atendida nuevamente por él y lanzarle unas miradas de coqueteo desde la silla.
Así pues, con el calor y el tiempo apremiando, decidió retomar el rumbo de sus pasos hasta el autobús que habría de llevarla a la estación y, después, de vuelta a casa.
"Ay, Madrid... me viste nacer, crecer. Siempre serás mi ciudad, siempre te querré y creeré ciegamente en que escondes un encanto por el cual millones de personas vienen a verte en cuanto tienen la ocasión y el tiempo. Desde hace algo más de medio año, mantengo un idilio con Londres, y supongo que seguirá siendo así. Pero no te enfades, tú siempre serás el escenario de los primeros compases de mi vida. En fin, volver siempre es agradable, para comprobar que todo sigue igual, y que esa sensación te reconforte. Volver es agradable siempre y cuando se tenga a dónde. Y mi viaje de vuelta es siempre a Madrid. Odio volver a Madrid, desde donde sea. Es una vuelta a muchas cosas de las que intento huir todo el año, que detesto...".