Y llegó el día, tal y como sospechaba y temía anoche, más que esperar con ansia la resolución definitiva de esta locura razonable.
El día no podía empezar peor... no conseguí llegar antes de la hora a la que suelo llegar esta semana. Y te vi allí, aún vestida de calle. Durante unos breves instantes tuve la esperanza de que estaría contigo hoy, de que pasaríamos nuestras 6 últimas horas juntas, al menos en ese contexto. De la esperanza pasé al temor de que no fuera a ser así. Para colmo, me sentía herida por tu actitud, la normal, nada que no se saliera de lo esperado; tu actitud altiva que parecía rechazarme solo con no mirarme. Era imposible intercambiar unas palabras contigo a solas. Habría sido un suicidio. Pensando en el desenlace final, me alegro de todo lo que sucedió. He sufrido durante todo el día, he estado con unos nervios inaguantables. Hasta la gente a mi alrededor lo percibió, aunque les hice creer, sin pretenderlo, que era por otra cosa. Así que, como iba diciendo, eran las 8 de la mañana y me encontraba descompuesta, deshecha. No recordaba una mañana peor desde hacía mucho tiempo. Me sentía más sola que nunca, con mis sentimientos incomprendidos y contigo tan cerca, pero tan distante. Desde el colegio no me sentía así, aunque en aquellas ocasiones fuera por otra persona, claro. [...] Te pregunté si acaso te ibas, y repusiste con tu habitual buen humor que no, que venías. Te quedabas. Pero no a mi lado... Yo quería desatarme y correr junto a ti, estar contigo bajo cualquier pretexto. Todo fueron intentos fallidos, y efímeros. Viniste unas cuantas veces por aquel control donde compartimos unas risas, vaciles y alguna que otra confidencia -por tu parte-, y te vi hablando con tu amiga; supongo que sois amigas. Se veía que ella tenía algo que contar. Sentía unas ganas irrefrenables de interrumpiros y pedirte un rato a solas. Sentía ganas de llamar tu atención, a la desesperada. Poco a poco iba venciéndome la desgana y, en fin, la derrota inminente. Aunque todo estaba a la espera de cerrarse del todo. La que creí que sería mi última intentona llegó antes de las 12, por el pasillo. Esperé a que llegaras a mi altura con más bien poco y mal fingido disimulo y descubrí mis intenciones, era mi último recurso. Bueno, uno de los últimos. Te pregunté si vendrías también mañana, y al decirme que no, que hoy era tu último día, supe que todo se decidía hoy, estaba todo en juego y todo por perder. Así que, con mi habitual pasividad al decirle a cualquiera estas palabras, dije: "Ah, entonces, tendremos que despedirnos hoy, que ya no te veo más...". Nada de tristeza ni pucheros en la cara. Era una mera información, fría, calculada. Nada más lejos de la realidad, la derrota se iba sintiendo más y más cercana. Pero no desesperaba. Porque, quien la sigue, la consigue. O porque Dios escuchó mis plegarias y así lo quiso. Eran las dos menos cuarto y empecé a forzar la máquina. Sentía muchísima presión sobre mí, mis manos temblaban. Mi capacidad de concentración se había disuelto hace un buen rato y, sólo por todas aquellas personas presentes en aquel momento ante ti y ante mí, sólo por eso me contuve. Esperé. Quien espera, desespera, dicen. Seguí forzando la situación. Estaba construyendo mi excusa para volver más tarde a cambiarme y coger mis cosas. Confié en que aún seguirías ahí. Cuando terminó aquella sesión, pensé en seguir retrasándome en llegar a la planta, adonde estabas tú. Tenía con quién, si acaso. Pero decidí guiarme por mi instinto, o por lo más lógico, que era llegar cuanto antes a la planta, cambiarse, recoger todo y marcharse a casa, como cualquier otro día. Ya era tarde, y sí, seguías allí. Dando el parte. Entré con las chicas en el cuarto donde estaba mi ropa para cambiarme, seguí mi estrategia. Seguí forzando la situación para librarme de ellas. Y lo conseguí. Eso ya era medio camino hecho. Cuando entraste tú, en cierto modo no pude reprimir mis nervios, que achaqué a las prisas y al estrés antes que a tu presencia, claro. Bebí agua y fingí que realmente lo necesitaba. Di un paso adelante con estas palabras, sin saber cómo te las tomarías... "Bueno, pues ya te espero..."; obtuve como respuesta un "vale", en un tono bastante amistoso y entusiasta, quise creer, no sé, "aunque yo esto me lo tomo con calma, así que si tienes prisa...". Ya estaba vestida y preparada, rezando para que las chicas ya se hubieran marchado. Vinieron una última vez a buscarme, dije que se marcharan sin mí si llegaba el ascensor. Una persona más nos interrumpió, A. Ah, sí, entonces aún continuaba con mi tontería de fingir que andaba buscando algo por la mochila. Delante de ella, debí seguir haciéndolo. Por suerte solo entró a coger algo y salió. Tú seguías vistiéndote, quejándote de que los pantalones no te entraban ya, de lo hinchadas que tenías las piernas. También antes me enseñaste a ti y a otra persona que estaba allí (no recuerdo quién) que tenías tu camiseta interior blanca un poco descosida por un lado. Bromeé con que te hacía falta irte de compras. Reíste de buena gana. Recordaré por mucho tiempo el momento en que estaba agachada en el suelo, "buscando" algo en mi mochila, y oí abrirse la puerta. Dirigí mi vista hacia la izquierda y después hacia arriba, y ahí estabas tú. La persona que había estado buscando todo el día, con quien había deseado estar desde que llegué. Reconocí tus zapatos, aunque para asegurarme miré hacia arriba. Ahí estabas, en uniforme, lista para cambiarte y marcharte, salir a la calle. Mi imaginación se disparaba. Tú y yo, en un espacio reducido a solas. Con la puerta cerrada, lo que le confería cierta intimidad. Aquello era perfecto y más de una vez se me pasó por la cabeza lanzarme a por mi objetivo de pedirte el móvil, pues no deseaba nada más de ti en ese momento (bueno, puestos a desear...). Pero arriesgué, seguí esperando un momento más oportuno y menos violento. Sabía que todo podía saltar por los aires de un momento a otro. Fuera de aquel cuartucho, aún quedaba un último escollo. Estaba visiblemente incómoda y me dediqué a preguntarles a otras si aún las vería antes de que acabáramos estas 7 semanas. Pero tú pareciste ver mi situación, y en un momento, cuando viste que te seguía esperando exclamaste: "Es que está aquí... ay pobre..." Todo fue por la indecisión de tu amiga a la hora de marcharse o no. Yo deseaba con todas mis fuerzas que no se viniera contigo y conmigo. Por un momento pareció que acabaría por acompañarnos, finalmente tu no insistencia la frenó, aunque no la veía muy convencida de querer irse ya, quizá por mí, me era indiferente en ese momento. Bueno, me sentía un poco mal, como que estorbaba. Pero, como he dicho, no insististe y nos fuimos. Fuimos enfilando el pasillo a un paso ligero. Me sentía libre de toda opresión. Realmente, el momento de liberación llegó cuando el ascensor apareció por la planta y nos metimos, sin nadie más allí. Habíamos dejado atrás a tu amiga, y no había vuelta atrás (nunca mejor dicho). Entonces me relajé del todo, aunque todavía seguía teniendo miedo de que en cualquier momento quisieras darme esquinazo. No lo hiciste. Caminamos juntas hasta el metro. El momento de la separación estaba cerca pero me sorprendió que mi intento por alargar la conversación no fuera atajado por ti bruscamente. Tal vez solo trataras de ser amable. Ojalá fuera también en parte interés por mi persona, aunque en ningún momento has mostrado un interés directo hacia mi persona, separada del entorno donde nos conocimos. Hacia mi parte más personal, digamos. No importa, quizá eso surja en otro contexto y con algo de tiempo. Lo mejor de todo fue que no hizo falta pedirte el número. Esperando en el ascensor, me ofreciste pasarme por allí algún día a desayunar, tras mi confesión de que me pongo sentimental en estas situaciones y que ya empiezo a echar de menos todo eso (cuando atravesábamos el pasillo...). En aquel momento pensé que no querías nada más, no querías compromisos dándome mi teléfono y arriesgándote a que quizá fuera una pesada o yo que sé... Pues al final, quién lo diría, acabaste diciéndome que si quería que me apuntara tu teléfono. "Me llamo E.". Levanté la vista del móvil y dije riendo: "Ya, hasta ahí llego". Me hizo gracia que me contaras que tu hermana te dijo que estabas bebiendo mucho últimamente a juzgar por tus fotos del whatsapp. "Hola, me llamo E. y soy alcohólica..." Me reí abiertamente. No perdías tu buen humor. Yo me sentía pletórica, aunque sin saber qué hacer con mis manos, ni hacia dónde dirigir la mirada. Estabas mucho más guapa (de lo que lo estás siempre) vestida de calle. Tus ojos verdes vivarachos me invitaban a perderme en ellos. Seguí la tentación unas cuantas veces. Nos dimos dos besos, una especie de abrazo, tampoco muy estrecho, y nos deseamos suerte, y hasta pronto. Ya habían pasado varios trenes, se veía porque salía gente, y no me habías cortado en medio de la conversación. No te habías excusado alegando que el tren ya había llegado. Los hechos hablan por sí solos.
¿Será esto el comienzo de algo...?

No hay comentarios:
Publicar un comentario