Me inspiras mucha ternura. Cada día que pienso en ti suele venir a mi mente la misma imagen casi siempre. Aunque hoy he rescatado también el recuerdo de la noche en que condujimos hasta la orilla de aquel río y saltamos vallas en la oscuridad de la pequeña ciudad que te vio crecer y nos sentamos en un banco, frente a las sucias aguas del río, a disfrutar un botellín de cerveza que habíamos conseguido de manera clandestina y que habíamos ocultado cuidadosamente. Recuerdo cuando, al volver, tú me dijiste: "I think I'm tipsy", y yo me reía. Me reía porque yo también me sentía así. Estábamos con el puntillo dulce, el de la risa fácil. Andábamos casi haciendo eses. Hasta tu coche. Donde, estando ya aquí, he soñado tantas veces con el roce accidental de tu mano, de tu hombro. O de tus labios. Siempre bajo la apariencia de un accidente. Porque esto no es más que eso, un accidente, ¿o un incidente? Esto no debió haber sucedido. Aunque bajo el prisma de la realidad no haya ocurrido nada realmente. Contengo este amor dentro de mi corazón todo lo que puedo. Soporto días, semanas... sin que me des señales de vida, aun cuando me prometiste que me escribirías. Anoche pensé incluso, en un claro momento de desesperación, en escribirte una carta a mano y enviártela. Sin palabras comprometedoras ni nada parecido, pero que te hicieran recordar que yo estoy aquí. Esperándote. Que no soporto estas pausas, este silencio. Me mata no saber de ti. Y también saber de ti, pero por lo que le cuentas a otros. Es entonces cuando tengo la firme certeza de que este sentimiento me ha superado y de que tú no estás al mismo nivel que yo. Que ni siquiera me quieres tanto como se espera de nuestro parentesco. Pero eso es porque no me conoces. Y, si ese es el problema, no me voy a rendir.
Pero ven a verme...
Ven.

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