lunes, 19 de septiembre de 2011

Toso por primera vez en 20 minutos desde que estoy en la calle. El aire de Madrid se me atraganta. Se junta el sonido de una ambulancia con la música de mi móvil, y no soporto tal nivel de decibelios. Clavo mi mirada en las sirenas de la ambulancia y no soy capaz de apartar la vista de ellas hasta que no lo pienso conscientemente. Será que ando muy despistada, últimamente. Coches a un lado y a otro. Autobuses, polvo, humo. Una pareja caminando delante. No soporto que alguien vaya unos metros por delante de mí. Vulnera mi libertad, o mi sensación de libertad. Pero hoy no tengo fuerzas para echar carreras conmigo misma ni adelantar a nadie.
La ambulancia se pierde en la entrada principal al Ramón y Cajal. Contemplo la cuesta que se erige ante mí. Tengo un primer plano del bullicio de aquella pequeña parte de la ciudad de Madrid. Pienso en M. Se va. Pienso en C. Se me escapa, y eso es casi peor que si se fuera. Pienso en D. Ahí sigue. Pienso en la otra C. Hace tiempo que nada es como antes, y aunque duele, no hago nada por remediarlo, o lo intento pero no doy con la tecla correcta. Pienso en A. Siempre estará ahí. Un momento, ¿cómo puedo estar segura? Jamás debería estarlo. Cuando crees que tienes a alguien, es cuando le pierdes, porque nunca le tuviste... nadie es dueño de nadie. No querría que nadie fuera el mío.
Tiro el chicle hacia la hierba, sin un atisbo de rebeldía, como algo natural. Sin importarme si alguien me ha visto. Y recuerdo que ya he hecho eso antes, en ese mismo lugar. A veces me cansa el hecho de saber que ya he hecho algo anteriormente. La monotonía está al acecho.

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