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martes, 30 de agosto de 2011

Benidorm

Caminaba a paso ligero, raudo. Su autobús partiría a cientos de metros de donde se encontraba en algo más de 15 minutos. Sólo cuando palpó su camiseta comprobó que ésta había absorbido todas las gotas de sudor que corrían por su espalda y que le habían sido ajenas hasta ese momento. Volvía con lo que quería, un recuerdo de la casa de sus sueños, aquella que algún día habría de tener en propiedad. Se llevó una simple foto de aquella casa, la casa que la encandiló desde el primer momento en que la vio. Se dijo a sí misma que algún día habría de ser suya, ésa o una parecida, y SUYA. Pero no quería convertir su trabajo, ni su vida, en esclavitud, sólo por atarse al ferviente deseo de poseer, trabajar para ello, toda una vida, y sólo al final de ésta, poder disfrutar de ello.
Mientras discurría ese torrente de pensamientos por su cabeza, sus ojos observaban con ansiedad lo que sucedía a su alrededor. La playa, a su derecha, siempre ahí, pero que pronto perdería de vista. Al igual que a él. Un momento, ¿y quién era él? Él era Álex, el camarero de la heladería Sirvent, que ella había visitado tan sólo dos veces, suficientes para quedarse prendada de aquellos ojos verdes, temerosos de mirarla tan sólo, por miedo a que sus miradas se encontraran.
Aquel caluroso mediodía volvían a encontrarse, esta vez en un ambiente bien distinto al nocturno.
Álex era un joven, menudo y apuesto hombre del que ella no sabía mucho más que cualquier otro cliente casual que andara por alguna de aquellas mesas. Sin embargo, ella se había enamorado de unos ojos, de un rostro, de un cuerpo. De un carácter sereno y un tanto tímido, lo cual le atraía aún más hacia ella. Ella deseaba compensar ese desequilibrio con algo de atrevimiento, con alguna palabra fuera de tono entre dos desconocidos, con alguna proposición alocada. Pero no se sentía con fuerzas, al no saber qué podría encontrarse al otro lado.
Por eso, por las oportunidades pasadas y perdidas, se lamentaba ahora para sus adentros, observándole desde el paseo marítimo, frenando su marcha suave e imperceptiblemente, permitiendo que sus miradas se encontraran. La mirada de Álex, desde la penumbra del local, al otro lado de la estrecha carretera que les separaba, denotaba vacío, tedio, quizá infundado por la rutina del trabajo. Ella no sabía bien a qué se debía, y la suya enseguida se tiñó de tristeza, y así se lo hizo saber. Él seguía mirando al vacío, tenía la mirada tan perdida que por momentos parecía que ni siquiera la estaba mirando a ella, sino a esa isla que se recortaba en el horizonte, situada a unos pocos kilómetros de la orilla del mar.
Ella le miró con la tristeza del que se marcha, se marcha con la sensación de dejar algo atrás sin saber muy bien qué y preguntándose por qué demonios ya comienza a echarse en falta. Él la miraba con la indiferencia, con la ignorancia del que nada sabe, nada espera. No sabía que, aquella noche, ella no estaría allí para ser atendida nuevamente por él y lanzarle unas miradas de coqueteo desde la silla.
Así pues, con el calor y el tiempo apremiando, decidió retomar el rumbo de sus pasos hasta el autobús que habría de llevarla a la estación y, después, de vuelta a casa.
"Ay, Madrid... me viste nacer, crecer. Siempre serás mi ciudad, siempre te querré y creeré ciegamente en que escondes un encanto por el cual millones de personas vienen a verte en cuanto tienen la ocasión y el tiempo. Desde hace algo más de medio año, mantengo un idilio con Londres, y supongo que seguirá siendo así. Pero no te enfades, tú siempre serás el escenario de los primeros compases de mi vida. En fin, volver siempre es agradable, para comprobar que todo sigue igual, y que esa sensación te reconforte. Volver es agradable siempre y cuando se tenga a dónde. Y mi viaje de vuelta es siempre a Madrid. Odio volver a Madrid, desde donde sea. Es una vuelta a muchas cosas de las que intento huir todo el año, que detesto...".

miércoles, 27 de octubre de 2010

Echo de menos muchas cosas, y tú siempre estás entre ellas, aunque en una especie de lista secundaria. En esa lista secundaria están las cosas que nunca he tenido y que aun así echo de menos. Nunca he tenido el poder de estar donde realmente desee en cada momento, pero lo echo de menos... si tuviera tal poder, volvería junto a ellos. ¿Sabes qué es lo peor? Despedirte de alguien sin saber exactamente cuándo volverás a verle. El tiempo sigue pasando tan lento... y, cuando estoy allí, se pasa volando. Hace conmigo lo que quiere. Quizá lo que me sobre sea tiempo. Cuando comience a faltarme por los exámenes, la universidad, el estrés, las fiestas, los encuentros con los amigos, las horas de sueño... quizá entonces mi principal deseo pase a un segundo plano. Tener tiempo para pensar y, sobre todo, recordar, es lo más dañino para alguien como yo. Porque no hay nada más triste que un recuerdo feliz y de eso precisamente ha llegado cargada mi maleta... Y no me importa haber vuelto aquí porque aquí tengo mi vida, como se suele decir... mi vida está allí, junto a todos ellos. Ellos son mi vida, me reconfortan. Es mi familia. No la he elegido pero es perfecta. No me importa estar aquí y pensar que podré ver a Iker, a Xavi... Les quiero y aprecio mucho, pero no es suficiente. Nada de eso se compara a la familia. Sus ojos me vieron crecer, de verano en verano... iba madurando, cambiando, adquiriendo responsabilidades y coleccionando recuerdos extraídos de cada verano pasado allí. Mis padres siempre me 'invitan' a que haga algo diferente en verano, que viaje a Estados Unidos, donde también tengo a familia... o que, directamente, me quede en casa todo el verano. Pero no, yo siempre elijo Polonia. Ya tendré tiempo de estar en EE.UU., y estoy segura de que más de una vez. Es cierto eso de que cuando se ve a alguien una vez al año o con menos frecuencia se le trata mejor que a alguien a quien ves todos los días y a quien tienes al 'alcance de la mano'. Soy consciente de eso. No pienso que me idolatren pero, como nos vemos poco, intentan demostrármelo en el poco tiempo que pasamos juntos. Y, al final... todo eso te puede, te vence, TE ATRAE. Y, cuando llega el momento de despedirse, sólo piensas: "Ojalá no existiera la palabra 'adiós' entre ellos y yo...". Y lo único que te sale antes del último beso y el último abrazo son lágrimas amargas que delatan el dolor de un corazón que se parte de solo pensar en un nuevo 'adiós'. Sólo te salen lágrimas, las palabras se quedan en la garganta, o en el corazón. Se te hace un nudo en la garganta y, ocultando como buenamente puedes las lágrimas, te subes al coche que te llevará hasta el aeropuerto. De camino al aeropuerto, piensas que ojalá no llegáramos nunca a nuestro destino, o que ojalá que el camino fuera más largo, rozando lo infinito ... viajas sentada en el asiento del copiloto. Al volante, ella. Una de las mitades de tu corazón. A la otra mitad ya la has tenido que abandonar antes de subir al coche... la miras de reojo de vez en cuando, conteniendo la emoción, y las palabras siguen sin atreverse a salir. Ya en el aeropuerto, facturas las maletas. Y empiezas a mirar el reloj, pero nunca sabes la hora que es, porque lo miras, pero la hora te da igual. No temes perder el avión, es más, sería el final perfecto... sino que calculas cuántos minutos te quedan aún con ella, antes de que anuncien por megafonía que ya puedes pasar el control de seguridad y esperar el embarque al avión. Son pocos los minutos que has podido exprimir a su lado... poco intensos. Los últimos de verdad son desgarradores. Te decides por fin a darle un abrazo y a dirigirte hacia el control de seguridad, pero la vuelves a mirar a los ojos y... tienes que volver a acercarte. Le das un beso en la mejilla; tus labios no dicen nada más. Ella hace suyo tu dolor y, con lágrimas en los ojos, como si te vieras a ti misma reflejada en el espejo porque ves que ella siente lo mismo, te dice que te quiere. Y, a partir del rutinario control de seguridad que acabas de pasar, te sientes más ligera. Quizá porque lo único que tienes es un billete destino Madrid y un corazón que no está dispuesto a seguirte. Por un par de horas, vences el dolor pero, cuando vuelves a pisar tu casa, piensas en tu anterior casa, la de allí... piensas en que la última vez que te tumbaste en una cama, fue aún allí. El último amanecer que viste fue estando todavía allí, y así con cada gesto rutinario. Así, ¿cómo es posible que cicatricen las heridas? No lo harán, y aunque lo hicieran, volverán a abrirse... es todo en vano. Como estas palabras. Como este dolor. Como esta incertidumbre.